TO THE END OF THE SEA

Siempre he creído que Los Lunes Al Sol encontró su alma en Gijón, en el espíritu de las movilizaciones que los trabajadores de la Naval realizaron en protesta por el despido de un centenar de com- pañeros, trabajadores eventuales. La ficción que era aún mi película buscaba una referencia en la vida real, y la encontró entre ellos. En las barricadas tras las que se parapetaban de los asaltos diarios de la policía. En las encendidas asambleas de aquellos días, en las que las amenazas y el miedo abrían brechas en su necesaria unidad. La encontró también en las casas de los trabajadores, en sus cocinas, en los dormitorios de sus hijos. Y en la mirada firme de sus mujeres, en las conversaciones acaloradas de los bares; en su risa confiada, en sus silencios.

Si cae uno caemos todos, decía al final de la película Santa, el personaje que interpretaba Javier Bardem. Repetía las palabras de Amador, en realidad un chiste deshilvanado y sin sentido aparente en el que dos hermanos siameses, unidos por el tronco, pelean hasta rodar por el suelo sin comprender que al caer uno, cae el otro también. En realidad, que todos caemos. Porque la desgracia de uno es siempre la desgracia de todos. Y el despido de uno, el de todos los demás. Así lo entendían los trabajadores de Naval Gijón en aquellos días. Sus movilizaciones no defendían ochenta puestos de trabajo, defendían mucho más que eso: una determinada concepción del trabajo. Trabajo digno, con mayúsculas. Concebido como un bien común, como algo que nos pertenece a todos. Como un derecho, y también como una responsabilidad. Se sabían siameses, hermanos de clase. El trabajo es su bien más preciado, si se lo arrancan se lo arrancan todo. Por eso, decían, no les va a resultar fácil hacerlo.

Y no lo fue.

Durante cerca de un mes, trescientos siameses se encerraron en el astillero para impedir el despido de unos cuantos de ellos. Sabían que si caía uno, caían todos. La policía trató de sacarles por la fuerza cada día, y cada día ellos se hicieron más fuertes. Tenemos miedo, claro, me decían. Somos trabajadores, no guerreros. Y la ciudad, que lo sabía, les dió siempre su mejor apoyo, el de la comprensión y la solidaridad.

Luego vinieron las asambleas. En el teatro sindical, después de casi diez horas de tensa negociación, la incertidumbre y el miedo, las hipotecas y las amenazas de cierre, consiguieron lo que no habían conseguido en la calle las cargas y los gases de la policía. «¿Desde cuándo los trabajadores echamos a los trabajadores?», preguntaba Piney, un trabajador grande como un quimiquero, a los que se mos- traban partidarios de firmar un convenio que aceptaba el despido de aquel centenar de eventuales. «Si tienen que echarles por lo menos que lo hagan los patronos», decía. «Los trabajadores no echamos a los trabajadores». Y a sus palabras, llenas de claridad y emoción, nadie supo qué objetar.

Después, el miedo, el cansancio y la incertidumbre introdujeron también su papeleta en la urna, y cien trabajadores se queda- ron sin trabajo, víctimas en realidad de un proceso más amplio, de desmantelamiento del tejido industrial de una zona, de conversión de una sociedad que produce y genera riqueza en una sociedad de servicios. Un proceso del que terminaron por ser víctimas, pero del que no quisieron ser cómplices.

Hicimos una película sobre esos hombres, tratando de imaginar cuál sería su paradero físico y emocional algunos años más tarde. Tratando, en realidad, de mostrar otra violencia. Esa que nadie verá nunca en la cabecera de un informativo, porque sucede en las habitaciones calladas de las familias de los trabajadores sin trabajo. Y también su otra lucha, la que viene después: la que se libra a diario contra el desempleo en ese corredor de la muerte de la vida civil que es el paro. Pero también quisimos mostrar en ella la integridad y la coherencia de aquellos hombres, su sólido compromiso con el trabajo entendido como un bien común.

Su coraje y sus acciones conservan hoy todo su sentido. Los informativos nos hablan a diario de cierres de fábricas, de despidos masivos y regulaciones de empleo. Los beneficios de tantos años han desaparecido en el intrincado laberinto financiero de la economía de mercado y las empresas se aprietan el cinturón alrededor del cuello de los trabajadores. Cada día se despide otra vez a aquellos cien hombres. En Barcelona, en Zaragoza, en Valencia. Cada día caen de nuevo los siameses, nuestros hermanos, sin que nadie parezca advertir que cuando ellos caen, en realidad caemos todos.

Por eso su ética del trabajo, su tenacidad y sus palabras, su forma de entender el mundo, son hoy tan necesarias como lo eran entonces. Me refiero a ellos, a los trabajadores del naval asturiano, hermanos de clase, siameses.

Antes de mi encuentro con ellos tenía sólo un guión escrito. A mi regreso de Gijón, era ya una película.

Texto de Fernando León de Aranoa  para el libro editado por la APFA (Asociación Profesional de Fotoperiodistas Asturianos) “ NAVAL”

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